(SIC-BIOMA ).- A más de un año de la aprobación multiministerial por parte del gobierno de Carlos Mesa al cultivo y comercialización de soya transgénica en Bolivia y la posibilidad de un cambio de criterio al respecto por el nuevo gobierno, bien vale la pena hacer una evaluación que permita dar algunas pautas de la situación actual de esta semilla genéticamente modificada, más aun cuando existen voces contrapuestas de un lado pretendiendo consolidar el ingreso de la semilla, insistiendo que es ya algo irreversible, y por el otro, criticando el sometimiento silencioso por parte del Estado a intereses de transnacionales que atentan contra la soberanía del país.
Hasta la fecha, uno de los argumentos que más han utilizado los promotores de la comercialización de la soya transgénica es que esta oleaginosa ha logrado importantes ahorros para los productores en lo que significa el proceso de producción. La utilización de la soya transgénica asociada al Glifosato se muestra como la salvación para el productor, por la supuesta reducción en el uso de herbicidas antes de la siembra. Establecen la idea que el ingreso a la semilla GM es irreversible, infiriendo que el modelo productivo se va perfeccionando también en el país con miras a alcanzar a los grandes monstruos productores de soya del mundo, como son Estados Unidos, Brasil y Argentina que juntos producen el 82% del total a nivel mundial.
Según el director de ANAPO, Carlos Rojas (entrevista PAT), más del 60% de los cultivos de soya estarían ya cubiertos con semilla transgénica, lo que nos lleva a pensar que Bolivia sigue el paso acelerado de las grandes potencias productoras de soya, tomando en cuenta que apenas lleva poco más de un año de producción y comercialización de esta semilla. Sin embargo, existe un silencio sobre las experiencias recientes de los productores. Por ejemplo, no dicen nada sobre la soya soka, como lo llaman en el Norte Integrado (soya Guacha en Argentina), al resabio de la semilla transgénica que queda para la siguiente campaña derramada en el momento de la cosecha, aspecto que obliga al productor a utilizar herbicidas químicos en mayor cantidad y con dosis más fuertes, si es que no quiere que su nuevo cultivo tenga que compartir los nutrientes de la tierra con ese resabio, o en su defecto practicar el monocultivo de soya transgénica.
A esto se debe tomar en cuenta que la soya transgénica, por ser propiedad de una empresa, tiene un valor que deberán pagar los productores, si no es al momento de la compra de la semilla, será entonces en el momento del acopio. El costo de la misma oscila entre 4 dólares por tonelada, propuesta hecha por MONSANTO a los productores nacionales. Este costo se sumaría a todo lo que el productor invierte en el proceso de producción hasta su comercialización.
Por otro lado, PROBIOMA ha comprobado en el monitoreo de campo que la soya transgénica tuvo bajo rendimiento en la anterior campaña (verano 2005-2006), por la inadaptabilidad de la semilla a la región. Asimismo, en la segunda versión de las Olimpiadas de Productividad en Soya, los resultados muestran una superioridad en toneladas por hectárea de la soya convencional (4,3 tn/has) sobre la transgénica (3,8 tn/has.)
Pero la cosa no queda ahí, se ha podido evidenciar, según experiencias de los propios productores, que la soya transgénica es más susceptible a la roya (Phakopsora pachyrhysi), enfermedad procedente del Asia que ingresó a Bolivia hace algunos años y que ha sido en la última campaña causante de la pérdida de varias hectáreas de soya sembradas en el Norte Integrado y en la zona Este de Expansión. ¿Se imaginan esta enfermedad ya presente en la soya "soka" que está presta a contagiarle al nuevo cultivo convencional sembrado en esta campaña?
“…yo tuve que echarle más herbicidas a mi cultivo, cuando estaba recién creciendo mi soya nueva, que no es transgénica, pero hasta ahora no muere con nada… voy a tener que echarle uno (herbicida) más”, fueron las palabras de un productor de Sagrado Corazón, Norte Integrado del departamento de Santa Cruz, al momento de consultarle sobre la soya soka, que nos pidió no mencionar su nombre por el crédito que tiene con la empresa proveedora de insumos.
Dow Agro Sciences, propone para la soya soka o guacha (D&F El Deber 11/07/06), la combinación de Glifosato que cuesta 10 dólares por hectárea, con Starane que es un herbicida químico, que tiene un costo entre 8 a 10 dólares por hectárea. Se tiene entonces un costo adicional de 20 dólares para la nueva campaña, lo que implica que el herbicida que no se aplicó en la siembra de la soya transgénica y lo que muestran como un ahorro para el productor, se aplicará en el nuevo cultivo. ¿Dónde está el ahorro?
Estos nuevos problemas, entre malos resultados en cuestión de rendimientos por hectárea, el costo por la patente y el aumento de uso de agroquímicos, hacen que los productores, inicien una reversión al cultivo de soya convencional y autoridades locales, como es el caso del Consejo Municipal de San Pedro (zona del Norte Integrado de Santa Cruz), y las Asociaciones de Pequeños Productores de Soya, asi como la CSUTCB, exijan al Gobierno central la anulación de la aprobación al cultivo y comercialización de soya transgénica, que está en un periodo de prueba.
Tomando en cuenta todo lo mencionado hasta el momento y la apertura de los mercados para la soya convencional, tanto en Europa como en nuestro continente, se puede concluir que la mejor opción que tienen los productores bolivianos para ser competitivos, es impulsar la total reversión hacia la soya convencional y de esa manera, ser diferentes a los monstruos productores de soya transgénica, que ya enfrentan problemas en sus países. No en vano las empresas más poderosas del mundo como son Cargill, ADM, Maggi y Bunge, se han comprometido a respetar los criterios de responsabilidad social y ambiental en la producción de soya. En estos criterios no está el grano de soya Genéticamente Modificado.
Soya Responsable y Orgánica es posible
A la vez, los promotores de las nuevas tecnologías transnacionalizada plantean que la reversión a una soya responsable u orgánica sería muy costoso por los campos tan dañados que se tiene, por el uso indiscriminado de agroquímicos, en los que podemos incluir al Glifosato. Según Carlos Rojas, tendríamos que buscar tierras vírgenes para el cultivo orgánico y representaría un costo elevado para el Estado. Sin embargo, es importante indicar que en la última campaña verano 2005-2006, se ha podido evidenciar un ahorro de 20 a 25 $us, por has. para los productores que incluyen dentro del paquete tecnológico productos biológicos para el control de plagas y enfermedades. Obviamente que ello no significa aun que se haya llegado a una soya orgánica, pero son pasos importantes que se está dando hacia la conversión, sin que sea traumatizante para el productor.
La utilización de productos biológicos en la agricultura es una alternativa diferente que incide no sólo en lo ambiental, que es muy importante, sino también en lo económico y político.
Ante la realidad continental del modelo productivo de la soya, caracterizada por su insostenibilidad y su acelerado crecimiento a tal grado que está devastando los bosques y áreas protegidas, avasallando territorios indígenas, anulando al campesino pequeño productor y poniendo en riesgo la salud de la sociedad, es imperante la necesidad de aplicar los criterios de responsabilidad social y ambiental. Es decir, dejar de pensar que el desarrollo de nuestro país pasa por aumentar la producción de soya, sin importar los daños que puedan causarnos, haciendo más de lo mismo. Bolivia será competitiva en el mercado internacional, produciendo soya manejada bajo criterios de responsabilidad social y ambiental. Menos mal que existen cientos de productores que ya están caminando en ese sentido.





