Por Elizabeth Peredo Beltrán
Fundación Solón
Luego de la designación de Casimira Rodríguez, trabajadora del hogar,
estudiante de sociología y Secretaria Ejecutiva de la Confederación
Latinoamericana y del Caribe de Trabajadoras del Hogar como nueva
Ministra de Justicia del país se escucharon diferentes comentarios en
la ciudad: “¿Cómo es posible que una empleada doméstica llegue a
ser ministra?”. ¡Para dirigir un Ministerio de Justicia se precisa de
un profesional abogado que conozca de las leyes”. “¿Sabían por
qué ya no hay que dejar salir libres a las trabajadoras del hogar los
domingos?: Porque acaban de ministras!”.
En paralelo, decenas y decenas de llamadas, flores, felicitaciones,
cartas de apoyo y artículos de respaldo en diferentes medios de
comunicación internacionales y nacionales, de feministas y de redes de
activistas por los derechos humanos llegaban celebrando la designación
de Casimira en esa importante cartera.
Y esa celebración es más universal de lo que se piensa, está acogiendo
con calidez una señal de cambio y de colocar en primer plano el
sufrimiento de la discriminación como un motor subjetivo de la gestión
pública, que por más de un siglo ha dejado en manos de múltiples
mecanismos institucionalizados de exclusión los derechos de los más
débiles.
Es un mensaje sobre la fuerza de quienes –en el fondo- cambiarán las
reglas del juego que postergaron por años los derechos de los más
débiles, los pobres, las mujeres y los indígenas; serán precisamente
aquellos y aquellas quienes articulen estos procesos.
Más allá de las reacciones de las elites y de los tecnócratas
(inclusive de gente de izquierda) está el significado en el imaginario
social de una ministra que ha vivido en carne propia el escarnio de no
acceder a la justicia por más de dos décadas, que es precisamente la
experiencia de la que proviene Casimira Rodríguez al haber luchado
junto a muchas otras mujeres por la aprobación de una ley que iguale
sus derechos a los de los demás.
Conocí a Casimira en 1996, trabajadora del hogar desde sus 13 años
acababa de ser elegida Secretaria General de la FENATRAHOB, y junto con
ella un equipo de sus compañeras de varios departamentos del país
estaban dispuestas a seguir reuniéndose con parlamentarios, ministros y
empleadores para convencerlos de la importancia de sus derechos y
recordarles que las mujeres indígenas y trabajadoras en sus hogares
también eran personas.
Yo había participado de una investigación rescatando la experiencia
organizativa y de lucha de la anarquista Federación Obrera Femenina
(años 20 a 50) y conocí personalmente a Nicolasa Ibáñez, Catalina
Mendoza, Tomasita Paton, Petronila Infantes, hermosas abuelas cholas,
anarquistas y luchadoras infatigables por sus derechos.
Por entonces, organizamos una reunión entre las integrantes de los
sindicatos de trabajadoras del hogar donde participaba Casimira y las
herederas de la tradición de lucha de las primeras culinarias
anarquistas en Bolivia para que este encuentro reavivara la memoria
histórica y tendiera puentes entre dos generaciones de
luchadoras.
Por un lado, las culinarias de antaño que en la década de 1920 habían
señalado uno de los nudos más perversos de la injusticia en nuestro
país: la discriminación racial y de clase que dividía a las personas en
una escala ¨pigmentocrática¨ basada en normas coloniales para comodidad
de unos cuantos. Por otro lado, las trabajadoras del hogar que por
entonces aún se las denominaba domésticas, empleadas o sirvientas que
reclamaban dignidad y respeto a sus derechos y señalaban nuevamente (60
años más tarde) la esquizofrenia de acoger en muchos hogares a
trabajadoras indígenas y al mismo tiempo discriminarlas y negarles sus
elementales derechos.
La experiencia de mirarse en el espejo, de compartir una historia que
se repite, permitió fortalecer la lucha de las trabajadoras del hogar
de las nuevas generaciones; levantar sus propias reivindicaciones y
articularlas hacia un trabajo de sensibilización de los tomadores de
decisión sobre políticas públicas.
Para Casimira quien estuvo a la cabeza del proceso se constituyó en una
escuela para acuñar con mayor convicción los valores de equidad,
justicia e igualdad como sustento de la vida cotidiana.
Lograr la aprobación de una ley para las trabajadoras asalariadas del
hogar duró muchos años: más de dos décadas (desde principios de los 80)
de reuniones, debates, trámites, versiones diferentes de una nueva ley,
campañas y sobre todo la indiferencia del poder ejecutivo, legislativo
y judicial para poner en práctica aquel principio de igualdad de
derechos establecido en nuestra constitución y en la Declaración
Universal de los Derechos Humanos.
Muchas veces teníamos la sensación de que no se había avanzado nada,
cada cambio de legislatura o de dirección en algún ministerio, era
empezar de cero y luchar contra una amnesia social a la que había que
recordarle los principios básicos de los derechos humanos, los derechos
de las mujeres y las bases de la convivencia humana. Casimira se
mantuvo a la cabeza de estas acciones durante dos gestiones de su
dirección sindical.
Casimira tuvo la virtud de recoger el sentir de sus diferentes
compañeras, de tender alianzas con otras mujeres de otros sectores
sociales y de enfrentar junto con luchadoras como Basilia Katari
y Claudia Choque fuertes debates con los y las detractoras de esta
lucha. Esto contribuyó de gran manera a posicionar un debate público
entre la defensa de los derechos humanos versus intereses coloniales y
patriarcales fuertemente asentados en ciertos estratos de nuestra
sociedad.
Finalmente en el 2003, luego de participar y articular su lucha a las
organizaciones sociales y unos días después de la masacre de Febrero,
la ley fue aprobada, probablemente como un intento de mostrar cierta
flexibilidad desde los poderes estatales ante las crecientes demandas
sociales.
Casimira por entonces había retornado ya a Cochabamba, su tierra natal
y trabajaba por su sindicato y como ejecutiva de la CONLACTRAHO
(Confederación Latinoamericana y del Caribe de Trabajadoras del Hogar).
Sus compañeras de gremio, siempre acudían a ella para buscar un apoyo,
un consejo a su gestión. Ella, junto con otras trabajadoras de su
organización, hizo seguimiento a la aplicación de la ley y constató que
una ley aprobada no es suficiente, que la voluntad política de las
instituciones del estado, el respaldo comprometido y consecuente a los
logros de las mujeres son fundamentales para el ejercicio pleno de
estos derechos.
Estas experiencias y trayectoria la hicieron merecedora en 2003 del
Premio del Concilio Mundial Metodista de la Paz, instituido en
1970, que había sido recibido antes por Nelson Mandela, Kofi
Annan y las Abuelas de la Plaza de Mayo entre otros, así como del
reconocimiento y aprecio de sus compañeras de lucha y de autoridades
comprometidas con estas reivindicaciones.
Que no es suficiente un símbolo a la cabeza de un ministerio? Evidente,
se precisa de una orientación clara y de encarar con valentía los
desafíos que implica buscar la aplicación efectiva de la justicia para
todos. Que se necesita un equipo técnico? Innegable, todo
ministro tiene su equipo. Es más, quienes administraron el poder en
gestiones pasadas también lo hicieron, y quienes, por su parte,
usufructuaron de la gestión pública para su propio beneficio lo propio.
Lo que sí deberíamos preguntarnos es por qué a pesar del desfile de
doctores, expertos y notables en la administración de justicia y en los
poderes públicos, los mecanismos de exclusión han permanecido tan
fuertes. El desafío para esta nueva etapa es grande, pero no es
solamente de una Casimira Rodríguez o de un Evo Morales Ayma, nos
compromete a todos y todas nosotras en la tarea de superar
discriminaciones, inequidades, injusticias y esquemas mentales.
Imaginar un mundo diferente no es tan fácil, pero es posible.
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Casimiri Rodriguez: La Ministra Trabajadora del Hogar
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