Entre toda la producción artística de Walter Solón Romero, probablemente “El Retrato de un Pueblo” sea el mural más destacado porque consigue narrar con imágenes dotadas de pasión y fuerza propia la otra cara de la historia nacional, recreando los puntos más altos de las luchas del pueblo boliviano en pos de su liberación. El público en general conocerá los secretos de esta monumental obra de 208 metros cuadrados en una velada cultural este jueves 9 de noviembre en el Salón de Honor de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) de La Paz, a partir de las 18:30.

 

El mural “El Retrato de un Pueblo” que recubre las cuatro paredes del Salón de Honor de la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz es único por varias razones. Solón pintó el 80% del mural en paneles de madera desmontables con piroxilina con el objetivo de resguardar su obra. “Bolivia”, uno de sus primeros trabajos plasmados en Santiago de Chile, fue destruido por la dictadura de Augusto Pinochet.

 

Solón ejecutó su obra en mucho tiempo, en un período que va de 1986 a 1989, con la ayuda de sus hijos Pablo y Walter y de un estudiante de pintura. Primero trabajó en su taller, en la avenida Ecuador de Sopocachi, donde actualmente funcionan las oficinas de la Fundación Solón, y después en la Facultad de Arquitectura de la UMSA. Ambos espacios no tenían la proporción del Salón de Honor del Monoblock. Era difícil componer la obra a pedazos, en base a una maqueta, tomando en cuenta los puntos de observación del espectador y cuidando que las combinaciones en las esquinas sean las correctas.

 

Sólo la pared frontal del Salón de Honor, sobre los ventanales, fue trabajada directamente. Solón quiso dejar en este pedazo del mural una lección de dibujo y por eso no le puso color a sus líneas, que muestran a los principales intelectuales que aportaron al desarrollo de la historia y del pensamiento bolivianos. “Solón defendía una tesis: a veces la pintura sirve para encubrir la falta de dominio del dibujo en el artista; al buen artista se lo conoce cuando se ve su dibujo a secas, sin pintura, sin sombreado, sin nada. Quiso dejar este mensaje de valoración/apreciación de lo que es el dibujo”, explica Pablo Solón.

 

En el mural se observan también algunas imágenes delineadas con un rojo chillón que aparentemente van en contra de las normas plásticas del muralismo. El objetivo de esta innovación en el dibujo fue buscar cierto grado de tridimensionalidad. Y, evidentemente, si se presta atención, se observará que esas figuras con líneas rojas resaltan hacia afuera.

 

La obsesión del artista era conquistar la tercera dimensión en un mural y amplificar factores de relieve e ilusión. De hecho, consideraba que el muralismo tiene tres dimensiones. Cuando está en frene de un mural, el espectador no ve un cuadro entero como una postal, sino solo partes, algunas a cuatro metros y otras a 10 metros de distancia. En ese sentido, describía Solón, el muralismo se aproxima a la tercera dimensión porque la distancia desde la que se mire el trabajo influye en el espectador.

 

Un homenaje al pueblo

 

La crítica coincide en que Walter Solón dedicó su mayor esfuerzo, energía y pasión para crear El Retrato de un Pueblo. No existe ni un solo centímetro ni una imagen de las más de 400 que pueblan las paredes del salón universitario que no reflejen los afectos de su creador y su inmenso sentimiento de admiración hacia los movimientos libertarios.

 

El mural de Solón narra la permanente lucha contra el imperialismo en sus distintas versiones a lo largo de la historia: la resistencia a la corona española, las rebeliones indígenas, la independencia, las conflagraciones bélicas, las luchas sociales y sindicales, la Revolución Nacional de 1952 y las primeras batallas populares contra el neoliberalismo. El protagonista de todas las escenas es el pueblo organizado y algunos líderes históricos como Tupac Katari, Pedro Domingo Murillo, Marcelo Quiroga Santa Cruz y Luis Espinal, entre otros héroes anónimos.

 

Solón pintó muchos murales de memoria histórica referidos a la nacionalización del petróleo, a la educación, a la aviación, entre otros temas, pero nunca había hecho uno que refleje el conjunto de la temática histórica desde el punto de vista de los movimientos sociales.

 

“El objetivo del mural El Retrato de un Pueblo es su propio título: relatar el conjunto de la historia de las luchas sociales; ha sido el más grande desafío. Recuerdo que la gran preocupación de mi padre era esa ¿cómo reflejar el conjunto, esa totalidad? Se ha logrado plasmar esa historia, pero no fue nada fácil”, dice Pablo.

 

Con este trabajo, Solón cumple con su objetivo de vida: mantener en la memoria colectiva la fecunda vitalidad de los movimientos obreros, campesinos e indígenas que escribieron la historia del país.

 

El Retrato de un Pueblo se pintó en uno de los peores momentos del embate neoliberal, caracterizado por el repliegue y la derrota del movimiento obrero. Es así que el mural termina reflejando esos rasgos históricos circunstanciales y la preocupación de su creador por el futuro incierto.

 

En los cuadros finales del mural, Solón recrea la célebre marcha minera por la vida y luego esboza a un hombre viejo sentado, mirando todo lo que ha pasado en la historia y preguntándose algo así como: “¿Y ahora qué?”. Él siempre fue muy crítico de la democracia y por ello concluye la obra con una imagen conflictiva de una estatua sin rostro que se pone una suerte de máscara.

 

Uno de los grandes problemas que enfrentó el artista era imaginar el futuro, quizá lo más difícil porque éste es incierto. Su hijo Pablo está convencido de que el final de El Retrato de un Pueblo sería distinto hoy en día.

 

Solón nunca se refirió a El Retrato de un Pueblo como su obra cumbre. No se puede preguntar a un padre cuál es su hijo preferido comentaba el artista cuando le preguntaban cuál era el trabajo más importante de su vida. Solía decir: “La obra más grande es la que voy a empezar a pintar”.