El verdadero anuncio, el más esperado, el que tiene validez sólo se va a efectuar en noviembre en Hong Kong. Lo que allí se determine por parte de los 148 miembros de la Organización Mundial del Comercio (OMC) sí va a poseer efectividad ejecutiva para regular el comercio internacional global.
Hasta entonces, lo que se acuerde en la cumbre previa que se realiza en la ciudad china de Dalián sólo va a tener el carácter cierto de un compromiso público y diplomático, pero hay reiterados casos en la historia en que lo se había escrito con la mano se borró con el codo.
En esa ciudad ubicada al norte del país más poblado del mundo, 32 representaciones comerciales debaten en lo que se ha definido como "minicumbre" de la OMC, ya que no se trata de un encuentro entre todos sus integrantes.
En esencia, se trata de una "confrontación" entre el Grupo de los 20 (G-20) integrada por grandes productores y exportadores agrícolas -China, India, Sudáfrica, Brasil, Argentina y otros- y el bloque conformado por Estados Unidos, la Unión Europea (UE) y Japón. Este último grupo de naciones, además de ser las más ricas y desarrolladas, tienen en común las enormes subvenciones que otorgan a sus productores agropecuarios y que causan una enorme distorsión en el mercado mundial.
Lo que puede considerarse un avance sin precedentes es que los negociadores de este "bloque tripartito" aceptaron en principio la propuesta del G-20 para eliminar los subsidios a la producción agrícola en cinco años a partir de lo que se determine en el encuentro de fin de año en la ex colonia británica.
Pero, ¿por qué subsidian la producción agrícola? Como en toda cuestión compleja, la razón también es compleja. En principio debemos mencionar razones políticas. En la UE -y dentro de ella sobre todo en Francia- los productores agrícolas tienen un importante peso electoral y una gran capacidad de acción.
Cada intento de eliminar subsidios o permitir el ingreso de producción extra comunitaria fue seguido de singulares manifestaciones en contra, tales como volcar lo producido en autopistas y nodos viales, aeropuertos e incluso en el centro de las transitadas ciudades europeas.
Además, en la UE se encuentra muy internalizado el sentido de "soberanía alimentaria" como sinónimo de autarquía y no dependencia en un sector tan sensible como la alimentación. Este sentimiento se traduce en el forzamiento por producir todo en el Viejo Continente.
Así, Finlandia se ha convertido en un gran productor de azúcar extraída de la remolacha, en un país donde el buen clima sólo es disfrutado por quienes viajan al Mediterráneo. Francia es un enorme productor agrícola y un gran exportador de trigo, por ejemplo. Además, con el ingreso de nuevos países a la Unión, se tiene a extender los subsidios a éstos también, por lo cual se amplía la oferta de productos subvencionados.
Otra razón es de índole social. La UE, y en menor medida Estados Unidos y Japón, atraviesan una crisis de empleo. Y el modelo productivo agrícola de estas naciones se basa en la pequeña producción, es decir, en el minifundio. Ergo, son muchos los productores. Y en caso de eliminarse las ayudas gubernamentales, se produciría una migración difícil de absorber por las superpobladas ciudades del Primer Mundo. Es preferible tener a los granjeros en el campo antes que hacinados en París, Tokio, Londres o Washington.
Podemos mencionar también las culpas cruzadas. La Secretaría de Comercio de Estados Unidos alude siempre a su predisposición a eliminar las ayudas estatales a la producción si las demás naciones lo hacen también.
Este es un tiro por elevación a Bruselas, sede de los organismos comunitarios europeos. Japón, aliado de Washington, avanza a la sombra de su vencedor en la II Guerra Mundial. Y la UE aduce motivos como los expresados más arriba. Estas actitudes son conocidas en Argentina como "el cuento de la buena pipa", ese que nunca termina e irrita al oyente.
En números, es imposible saber cuánto se gasta en subsidios a los productores agrícolas. La UE destina unos 300.000 millones de dólares anuales -inflados por la caída del precio de esa divisa- y una vaca japonesa recibe unos 2,5 dólares diarios en subvenciones, en un mundo donde más de 400 millones de personas subsisten con menos de un dólar diario.
Un tema central en la discusión es la enorme distorsión que producen los subsidios. En principio debemos explicar que existen dos tipos de ayudas estatales. La primera de ellas se trata del otorgamiento de un subsidio a la producción agrícola. Así, un granjero de la Toscana, de Kansas u Hondo recibe fondos gubernamentales para cubrir una parte importante de los gastos que le insume producir. De esta forma, se asegura rentabilidad perpetua, aunque no sea un productor eficiente. De hecho, de no ser por las ayudas estatales, muchos deberían dedicarse a otra actividad.
¿Qué efectos tiene sobre el comercio internacional este tipo de ayuda?
Habíamos dicho que los productores japoneses, europeos y en menor medida estadounidenses son poco eficientes. Pero al compensar esta desventaja con los subsidios, pueden ofrecer su producción a precios competitivos. Ergo, los mismos productos generados en otras regiones con métodos más eficaces y sin ayudas estaduales no pueden ingresar a estos mercados sin resignar utilidades.
El otro tipo de ayuda estatal es el subsidio a la exportación. Para este caso, el productor no sólo es subvencionado para abastecer de alimentos a su comunidad o país, sino para vender en el mercado internacional. Así, para un "commoditie" cuyo precio es de 100 dólares la tonelada, el Estado le subvenciona -por dar una cifra- 20 dólares la tonelada. De esta forma, puede ofrecerla en el mercado mundial a un precio de 80 dólares sin alterar las utilidades.
¿Y este segundo tipo, qué consecuencias causa en el comercio exterior? Si el primer caso impedía que productores foráneos ingresen al mercado doméstico, ésta otra dificulta las colocaciones en terceros mercados.
Los subsidios a la producción les dificulta a los productores de trigo en Argentina, Australia o Canadá exportar a Francia; los subsidios a la exportación les dificulta el ingreso a Rusia, Brasil o Egipto. Para hacerlo, deben resignar utilidades.
Naciones como Brasil, Argentina, China, Sudáfrica, India y Nueva Zelanda, padecen esta injusticia, pero disponen de otros recursos para sobrevivir. Además, tienen cierto peso específico para quejarse en ámbitos como la OMC. Pero regiones como Centroamérica y el Caribe, el Africa subsahariana y el sur de Asia resultan gravemente afectadas por esta distorsión de los mercados.
Las ayudas a los productores algodoneros de Texas están matando a sus equivalentes de América Central, la subvención europea al cultivo de bananas hace lo propio con sus pares africanos, y los subsidios al arroz en Japón amenazan seriamente a los agricultores de Bangla Desh y Vietnam.
Y la paradoja es que el llamado Tercer Mundo no es quien más predica el librecambismo, sino Washington, Bruselas y Tokyo. A tal punto de esquizofrenia han llegado las discusiones para equilibrar este desequilibrado comercio internacional que el Primer Mundo antepone como condición que todas las naciones abran aún más sus economías al capital extranjero en aquellas áreas que sí interesan: servicios públicos, hidrocarburos y minería, compras gubernamentales, patentes por autoría intelectual y bienes culturales.
Es difícil estimar cuánto crecerían las exportaciones de los países pobres en caso de eliminarse ambos subsidios. En Argentina se calcula que las exportaciones agrícolas podrían crecer en 3.000 millones de dólares anuales si cayeran estas barreras comerciales. Pero en los países más pobres podrían representar duplicar o triplicar las colocaciones externas, que significarían importantes divisas para las sociedades y Estados.
Por eso es que hacemos todos estos reparos ante la "declaración de buenas intenciones" que se realizan en la cumbre de China. Las expectativas son altas, pero sólo lo que se firme en noviembre en Hong Kong va a tener verdadero valor. Ese, y no otro, será el verdadero anuncio.





